Cronista

José «el herrador»

                       

Esta veleta culmina el tejado de la que fue la casa del herrador de Valdelacalzada, hoy la mía. En su memoria la colocamos mi esposo y yo hace unos años como homenaje a la persona que realizaba el oficio, José Rodríguez, mi suegro.

El oficio de herrador es uno de los más antiguos. Tuvo mucha importancia desde tiempos remotos y en toda nuestra historia. Los caballos fueron llevados desde nuestra tierra a Roma, en la antigüedad, fueron llevados a America cuando la Colonización, fueron usados en las guerras que nuestros reyes tuvieron en toda Europa. Un animal tan hermoso utilizado para fines no siempre  aceptables. Si descendemos a la escala de los de abajo, los campesinos, los arrieros y todo un mundo de pequeños trabajadores que utilizaron el caballo como animal de ayuda para sus oficios veremos que el fin es otro, es el de trabajar la tierra y llevar alimentos a la población, servir como medio de transporte… un fin mucho más noble.

Unida a la vida del caballo podemos encontrar el oficio del herrador.  En Valdelacalzada lo ejerció desde los primeros tiempos José Rodríguez Gómez. José había aprendido el oficio desde niño en su Montijo natal en la herrería de Rodas. Sus padres tuvieron mucho interés en que sus hijos, Blas y José se labraran un futuro y ser herrador tenía todas las garantías en los años 30 y 40 en un pueblo donde el caballo, las mulas y burros eran necesarios para la mayoría de las profesiones, los campesinos, arrieros, yunteros…

Cuando el Instituto Nacional de Colonización construye el pueblo de Valdelacalzada, José marchaba algunos sábados y domingos a herrar por su cuenta, era el año 1951. El año siguiente el 1 de julio de 1952 es contratado por el INC como ayudante de veterinario con un sueldo de 55 pesetas el jornal, pero le permitió ejercer el oficio de herrador en los locales del Instituto. Allí, José tuvo su herradero que más tarde trasladaría a su casa en la calle San José número 10.

En los primeros años, José y su esposa María Guzmán Brugera, se trasladan a vivir a Valdelcalzada. En principio  lo hicieron a un barracón que Colonización tenía para sus trabajadores, pero poco después compartieron vivienda con José González, el Pintao, su esposa y sus hijas en la calle Donoso Cortés. Allí se bautizaría su segundo hijo.

José fue ayudante de diversos veterinarios. En los comienzos con Clemente Martín Herrera contratado por el INC. A mediados de los años 50 sería Alejandro Oria hasta 1968 en que el Instituto prescinde del veterinario oficial. Más adelante fue ayudante de los dos veterinarios que de forma privada ejercían su labor en Valdelacalzada: Antonio Rodas y José León ambos de Montijo. Con ellos, que funcionaban con un sistema de Iguala, estaría José trabajando hasta su jubilación. A él acudían los colonos cuando una vaca se venteaba o tenía algún animal enfermo, José ejercía de primeros auxilios hasta la visita del veterinario.

-Señor José, que venga usted con el troca que la vaca se ha venteado, dice mi padre- Era el aviso más frecuente para José.

José se encargaba del saneamiento de todos los animales ayudando a los veterinarios, asistiendo a los partos naturales y cesáreas. Era la persona de referencia ante los avatares de los ganaderos.

Durante la década de los 70 y 80 cuando el INC prescindió de José como ayudante de veterinario, él siguió ejerciendo su oficio en el corral de la casa de colono, en la calle San José. Allí en las mañanas acudían los vecinos con las caballerías para herrarlas.  El sonido del martillo golpeando la bigornia era el despertador de la vecindad. Un sonido que todavía resuena en nuestros recuerdos de niños.

En la fotografía podemos ver a José Rodríguez Gómez arriba a la izquierda y a la derecha a Alejandro Oria, veterinario, en 1968 en la despedida de este último de Valdelacalzada.

Los instrumentos que se usan para herrar son:

Banco de herrar que sostiene el yunque o bigornia.

Cubo para enfriar la herradura

Tenazas para dar el primer corte al casco.

El pujavante, para cortar la pezuña de las caballerías.

La Legra, para lijar y alisar la pezuña.

Martillos, de clavos y de banco con el que se le daba forma a la herradura.

Los pasos en el herraje de un caballo u otro animal eran los siguientes:

En primer lugar, en el yunque con el martillo se le daba forma a la herradura adaptándola al tamaño de la pezuña. Una vez adaptada se enfriaba en el cubo con agua que se tenía a disposición, generalmente un cubo de hojalata.

En segundo lugar, con la tenaza y el pujavante se cortaba y se limpiaba bien la pezuña de la caballería. Posteriormente con la legra o lima se lijaba y alisaba bien .

Por último, se coloca la herradura en la pezuña clavándola con clavos pequeños, siempre levemente inclinados desde fuera a adentro. Los clavos serán más someros en la parte interna que en la externa porque el animal tiene esa parte más delgada.

La profesión de herrador tuvo su crisis en los años 70 cuando la caballería fue sustituida por los vehículos, como coches y tractores. En la actualidad existen escuelas de herradores y podólogos equinos. En ellas se aprenden las últimas técnicas de herrado, así como herrados terapéuticos.

En un rincón de mi casa, se conserva el banco de trabajo o bigornia como testigo de un tiempo y una vida dedicada a servir a los demás, en el que lo  que importaba fundamentalmente era la colaboración y el respeto.

 

Emilia Ramos Silva
Emilia Ramos Silva

Descubre

Noticias relacionadas