

El homenaje ha consistido en la celebración de una Eucaristía, presidida por el actual párroco, D. Francisco Copete Gil, y concelebrada por D. Manuel Malagón Martínez y D. Miguel Sánchez Murillo. Antes de finalizar la Misa, D. Manuel Malagón, descubría el panel cerámico, encargado al artista olivero, afincado en Badajoz, José Manuel Gamero Gil.
La Coral de la Escuela de Música de Valdelacalzada ponía el canto a la celebración, con un repertorio preparado expresamente para este día, con piezas de polifonía religiosa exquisitamente elegidas por el director del coro, Sergio Chávez Diaz.
Por parte de la familia de D. Crescencio, han asistido cinco de sus sobrinos.
El alcalde, Fran Hormigo, y varios miembros de la Corporación Municipal del Ayuntamiento, ocupaban los primeros bancos. Entre los asistentes de un templo lleno, también se encontraba el que fuera durante 24 años, alcalde de Valdelacalzada, Pedro Inocente Noriega.
Los gastos han sido sufragados por suscripción popular. La comisión organizadora ha decidió que el sobrante sea destinado a la caridad, considerando que es el mejor homenaje que le hubiera gustado recibir.
“…Unos de estos días otoñales me portaba el tren a la capital para iniciar el nuevo curso filosófico, en nuestro Seminario. Cuando el tren , en su veloz carrera, atravesaba la inmensa llanura, cuajada de encinas y jaras entre Montijo y la Estación de Talavera, tiendo la mirada hacia mi izquierda y observo intrigado una torre alta, guapa, con unas casas incipientes que la rodeaban; busqué alguien que me informara y me dice que era un pueblo nuevo que se estaba construyendo”
De este modo relataba D. Crescencio su primera vista de nuestro pueblo, sin imaginar que años más tarde se convertiría en su destino como sacerdote.
Nacido en Fuente del Maestre, ordenado sacerdote el 11 de junio de 1950, tuvo como primer destino La Albuera, donde permaneció hasta octubre de 1951, año en que fue destinado durante unos meses a su pueblo como coadjutor. De allí marchó a Mirandilla, comunidad a la que asistió hasta julio de 1959, fecha en la que se le encomienda la parroquia de Valdelcalzada y que sirvió hasta su muerte.
Un hombre enérgico, fuerte, de carácter, amante de la música polifónica y del gregoriano, culto, magnífico orador y de excelente pluma, como demuestran los numerosos escritos que nos dejó para el recuerdo. También polémico, estricto, tremendamente intolerante con la falta de puntualidad, de ahí su puntualidad “británica” en los cultos de la parroquia.
Es indiscutible que intentó, desde su llegada, crear una conciencia de pueblo, algo fundamental para que ese sentimiento de “valvienses” fuera fraguando entre aquellos primeros pobladores. Además de “pastorear” a su parroquia, ejerció una labor social importantísima, haciendo de aquella comunidad un centro de integración y de cohesión social de todos los vecinos, llegados de sitios tan diversos.
En su despacho se resolvieron muchos problemas de diversa índole y envergadura, también es cierto, que en aquellos años, una sotana abría puertas en muchas instituciones y organismos, pero claro está, dependía mucho del carácter del portador de aquella prenda, y a aquel cura, carácter le sobraba…
Se sentía orgulloso de pronunciar el nombre de VALDELACALZADA, un lugar que sabía que había contribuido a forjar, sin azada y sin tierra, pero con su dedicación, entrega y empeño.
Fueron pasando los años, casi sin darse cuenta el pueblo ya estaba hecho, su intervención fue dejando de ser en muchos casos “necesaria” para ser “accesoria”. Los años también habían pasado para él, y aquella mesa de camilla con brasero de picón de su despacho, siguió resolviendo, de forma callada, muchas cuestiones y desvelos de los que a su puerta llamaron. En su última etapa, en ocasiones, contemplaba con tristeza en que nos habíamos convertido, ya no encontraba la unión de “aquellos años”, el sentimiento de “todos a una” y reflexionaba que si a esto nos había llevado el progreso , prefería la Valdelacalzada de antaño.
Para mí, y en mi mente se quedan largas horas de conversación y charla, donde descubrí a una persona sencilla, cercana, adelantada a su tiempo en muchas cuestiones, y con una fe férrea, pero sobre todo, a un enamorado de Valdelacalzada, pueblo que consideraba como suyo. Como todos, tuvo sus luces y sus sombras y uno encuentra personas que creen que Valdelacalzada no le debe nada. Quizás desconozcan más que la historia, que también, muchas historias de nuestro pueblo.
El 20 de enero del año 2000, marchaba a la Casa del Padre, siempre temió llegar con las manos vacías y según sus palabras, esperaba, antes de mirar de frente a Dios, en el que firmemente creyó , poder presentarle sus manos abiertas, pero no vacías. Cuarenta
años al frente de esta comunidad seguro que dieron motivos para presentar esas manos llenas de obras.
Se le despidió como él dispuso, vestido con su sotana, prenda que ya sólo usaba cada Viernes Santo; con su casulla de terciopelo negro, que aunque en la liturgia ya no se utiliza ese color, él seguía utilizando cada dos de noviembre, día de la Conmemoración de los Fieles Difuntos; y con su cáliz de madera entre sus manos.
Manuel Jesús Fernández Fernández
En reconocimiento a sus cuarenta años de trabajo, el pueblo de Valdelacalzada ha rendido homenaje a Crescencio Fernández Utrero, párroco, en el 25 aniversario de su fallecimiento. Doy las gracias a Manuel Jesús Fernández Fernández por su esfuerzo en que este reconocimiento se hiciera realidad y por aportar crónica de dicho acto y de su biografía.
Desde mi puesto de cronista doy fe de la labor en favor de las familias humildes que realizó dicho párroco recogida a través de los testimonios realizados por los vecinos, así como la documentación aportada gracias a sus escritos en revistas de feria y en prensa. Gracias a Crescencio Fernández Utrero conocemos una parte muy importante de nuestra primera historia.








